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Alma mía
Alma mía, intangible y que no veo,
secretos de la existencia, recaudo
de pasiones y odios. Los siglos
están en tu prisión y libertad invisibles.
El grave cuerpo, cálido y vibrante,
se refugia en tu majestuosa soledad;
inalienable, bella como la belleza
de Platón. Un fantasma que no
tiene nombre, ni patria, ni lugar.
Perfectamente inasible, haz
de actos, errores, aciertos,
mentiras…
Alma mía, el adiós no existe.
La eternidad se guarda
en tus pliegues innombrables,
en tu rostro que no mira, y tus ciegos
ojos. Que el cuerpo siga su corrupta alegría,
que la materia aguarde el viento
sobre el polvo,
el amor mortal
de la llanura, el beso fugitivo
de la mujer. Que el cuerpo
inexacto, blando, sujeto
a los tiempos de la vida y de la muerte,
te deje a ti tanto la paz como el placer,
y que ceda su falso trono-
los cetros burdos de las palpables glorias-
a los infinitos,
donde el verbo es el silencio,
y donde la realidad se eleva a los sueños…
Llegaré entonces a los mares valientes y azules-
alma mía, intangible y que no veo-,
y he de dejar allí el soplo inextinguible
de la única,
la desconocida,
la salvadora verdad.
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